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martes, 27 de junio de 2017

Navarra: ¿el Ulster vasco o la Sicilia ibérica?


La sección Tribunas del Diario de Menticias no deja de sorprendernos cada día con artículos de opinión de distintos personajillos de su cuerda. El pasado miércoles 21 publicaba uno titulado "El Ulster Vasco", de un tal José Mari Esparza Zabalegui, que es nada menos que el director de la editorial aberchandal “Txalaparta” de Tafalla. Pues bien, este personajillo, parafraseando a Manuel Irujo (antiguo dirigente del PNV), considera que Navarra es el Ulster vasco, al estar desgajada del resto de eusqualherria, considerándonos a los no-panvasquistas como "contrainsurgencia española" y "papagayos indígenas". Para este individuo lo que genera similitud entre el Ulster y Navarra es nada menos que; una lengua propia en peligro de extinción (tal cual), canciones y deportes propios, larga dominación colonial, proceso independentista centenario con guerras de por medio, un "país" ocupado por cuarteles y militares ajenos con una lucha armada surgida en los años 60 que reivindica libertad, justicia social, idioma y unidad nacional.

Navarra no puede ser el Ulster vasco ya que la Comunidad Autónoma Vasca hoy por hoy no constituye una república independiente como sí lo es la República de Irlanda. Por si fuera poco, fueron las tres provincias vascongadas las que se desgajaron del Reino de Navarra hace ya bastantes siglos para integrarse VOLUNTARIAMENTE en Castilla, para la que, en 1512, conquistaron Navarra bajo las banderas castellanas. Irlandeses e ingleses residentes en Irlanda no compartían religión, cosa que sí hemos compartido hasta el ateísmo recientemente imperante todos los habitantes de la Península Ibérica. Fuera de España, las provincias vascongadas han estado muy poco tiempo unidas a Navarra, siendo aquellas las que dieron el portazo de manera voluntaria.

Si bien puede y habrá católicos pro Reino Unido y algún protestante pro-Irlanda, si atendiéramos a religión-sentimiento nacional, a día de hoy en Irlanda del Norte el 53% de la población es protestante frente al 44% de catolicismo. En cuanto a voto por partidos, los partidos unionistas siguen teniendo una mayoría electoral, luego, tal y como ocurre en Navarra, nos gustaría ver dónde está esa mayoría colonizada por cuarteles y militarse extranjeros.

El resto de acontecimientos históricos, desde la conquista de América o Asia, las guerras contra Inglaterra o Francia, o las guerras carlistas (guerras ideológicas y dinásticas, NO territoriales) o la guerra civil del 36-39 (de nuevo guerra ideológica derechas-izquierdas, NO de carácter territorial) han sido los avatares que hemos padecido para bien o para mal todos juntos. Además, por si fuera poco, el vascuence no es un idioma en peligro de extinción, siendo el castellano también lengua propia de vascos y navarros (anda majete, hazte un favor y escribe tus próximos artículos en vascuence, así demostrarás el dominio de tu amado idioma). Curiosamente en la República de Irlanda el conocimiento del gaélico es insignificante, continuando el inglés de facto como lengua propia de irlandeses tanto del norte como del resto de la isla.


Por si fuera poco, el señor Esparza Zabalegui, como buen conocedor del conflicto norirlandés, sabrá perfectamente que las dos comunidades enfrentadas (irlandeses-republicanos-católicos frente a unionistas ingleses-protestantes) contaron con grupos paramilitares, siendo ambos los que causaron estragos terroristas (unos 2000 muertos atribuidos a los distintos IRA, 1.150 a los paramilitares unionistas), contando los unionistas pro Reino Unido con la mayoría de la población a su favor y un número nada desdeñable de asesinatos a sus espaldas, hasta el punto de que el ejercito inglés en numerosas ocasiones tuvo que proteger a la comunidad católica de los estragos unionistas.

Lo mejor viene cuando el autor critica el delito de apología del terrorismo, alegando que en Irlanda del Norte se puede homenajear a paramilitares de ambos lados sin problemas. Pues bien, surge la misma pregunta aplicada a España, si estuviéramos ante un conflicto similar y tuviéramos que actuar de la misma manera, entonces cabría homenajes y exhibiciones públicas de apoyo al etarrismo, pero también podría haberla en favor de los GAL, Batallón Vasco Español, Triple A, requetés, falangistas o incluso de la figura de Franco, luego, el Monumento a los Caídos (que al fin de cuentas sería un monumento "del otro lado") no debería levantar ampollas.

Los argumentos de estos pájaros se caen por su propio peso, porque en realidad no estamos ante un conflicto armado de dos comunidades con culturas y religiones distintas, ni el terrorismo etarra es una segunda parte de la guerra civil o las guerras carlistas. En realidad si hiciéramos una comparativa internacional, esto ni ha sido un Ulster, ni una Palestina ni un Sahara, más bien es una mezcla entre Sicilia y Colombia. Una banda armada con sucursales en todos los ámbitos de la sociedad (partidos, sindicatos y asociaciones de todo tipo) que amparaba el crimen bajo la doble excusa territorial y lucha de clases marxista para imponer un régimen de terror pistola en mano. 

Pero no nos engañemos, tiene un objetivo político y lo intentarán, pero no solo han sido terroristas, son delincuentes consumados (por ejemplo; tráfico de drogas o armas) y han montado todo un emporio del crimen del cual viven miles de personas de manera opípara. Y no contentos con crear una pequeña Sicilia en el norte peninsular, han movido tentáculos por toda Latinoamérica asentándose con éxito en Venezuela (narcoestado fallido) y dejando Colombia arrasada con un reguero de sangre. Que nuestros lectores saquen conclusiones, pero particularmente tengo muy claro que Eta no ha sido un conflicto del estilo norirlandés, sino una mafia criminal separata-marxistoide a medio camino entre la Camorra napolitana y las narcoFARC colombianas.

Imagen del artículo sectario del abiertamente proetarra director de la infumable editora Txalaparta

jueves, 6 de abril de 2017

Ni Navarra es el Úlster, ni Irlanda es Euskadi


El ex viceministro principal de Irlanda del Norte y miembro del Sinn Féin Martin, McGuinness, falleció el pasado 21 de marzo a los 66 años.

La comitiva de su sepelio, recorriendo las románticas calles de su Derry natal, se ganó las portadas de todos los diarios impresos de ámbito nacional y espacios notables en los noticieros televisivos.

Por lo que se refiere a Navarra, los diarios separatistas impresos en circulación le dedicaron reportajes y obituarios, recuperando anécdotas jugosas de complicidades pasadas y presentes.

Martin, McGuinness no se avergonzaba de haber sido dirigente clandestino del IRA, nada menos que su jefe militar por un tiempo, para luego impulsar la vía “política” por la “pacificación” encarnada por el Sinn Féin. Al menos en este sentido -que tantas críticas, tan lógicas como justas, le generó- era valiente; no como los dirigentes separatistas panvasquistas que venimos padeciendo desde hace décadas, acomplejados, agazapados y emboscados de mil maneras.

Inevitablemente, en todos estos reportajes salpicaron algunos supuestos paralelismos con el caso vasconavarro.

Pues no: ni Navarra es el Úlster, ni Irlanda es Euskadi. Ni España es Gran Bretaña.

El grupo terrorista IRA se ganó no pocas simpatías en sectores sociales españoles muy dispares: especialmente entre los separatistas vascos y catalanes, pero también en otros católicos y/o anglófobos.

Hemos mencionado el concepto de “paralelismos”; recordemos ahora un poquito de historia básica.

Irlanda, al ser invadida por los ingleses y escoceses definitivamente en el siglo XVI, ya reunía una serie de características «nacionales» que la diferenciaban de su vecina y conquistadora Inglaterra: unidad geográfica, uniformidad lingüística y cultural, conciencia nacional, unidad religiosa, cierta estructura de poder territorial. 

Euskadi, el proyecto político ideológico del separatismo vasco, como tal, nunca ha existido; siendo un constructo teórico elucubrado por los hermanos Arana a finales del siglo XIX. 

Otra diferencia: jamás ha existido en el País Vasco y Navarra, al contrario que en Irlanda, un conflicto religioso: su población ha sido mayoritariamente católica, incluso con mayor intensidad que el resto de la nación española. Nunca hubo dos comunidades armadas y enfrentadas; sí, un partido-movimiento terrorista que jugó y juega todas las bazas posibles, dolorosamente, la de verdugo.

Tampoco se implantó, en estas tierras nuestras, medida alguna que persiguiera el sometimiento de la población autóctona mediante el «puño de hierro» de unos «ocupantes» foráneos; podría alegarse lo contrario: el proletariado emigrado fue explotado por la burguesía separatista.

Nunca se perpetró expolio material alguno. De hecho, en estas tierras vascas y navarras jamás se conoció nada parecido a un régimen colonial de explotación. Así, en el caso irlandés, la isla fue sometida al estatuto de «colonia», mediante un sistema de  «plantaciones». Expropiaron, por ello, las propiedades agrarias de los terratenientes autóctonos y de otros muchos, siendo redistribuidas por la Corona inglesa conforme su libre criterio en beneficio de los ocupantes escoceses, fundamentalmente, y en detrimento de los pequeños propietarios católicos; quienes terminaron siéndolo a nivel minifundista. 

Aquel tremendo episodio histórico de la «hambruna de la patata» -en la que se recreara el novelista León Uris con su Trinidad, sufrida a mediados del siglo XIX y que acarreó la muerte de la cuarta parte de la población de la isla y una emigración masiva a Estados Unidos entre los supervivientes- era simplemente inimaginable en el País Vasco y Navarra. No en vano, tan dramática circunstancia histórica, fue en gran medida consecuencia de tan injusta distribución de la propiedad de la tierra y de viciadas prácticas comerciales monopolísticas y de monocultivo propias de las «plantaciones».

En nuestras comunidades la propiedad de la tierra continuó en manos de los autóctonos, conservándose todo el Derecho privado propio y el correspondiente régimen de transmisiones patrimoniales; lo que generó que todo el País Vasco y Navarra estuvieran jalonados de medianas propiedades, sin apenas minifundio y muy escaso latifundio. En consecuencia, no hubo desplazamientos de población foránea al objetivo de diluir y expoliar a los autóctonos. Tras unos siglos generando emigrantes, dada la pobreza endémica de estos territorios, a partir del XIX, especialmente en Vizcaya, fueron cientos de miles los emigrantes procedentes del resto de España desplazados por motivos económicos, empleados como mano de obra barata, fortaleciendo con su fuerza de trabajo el desarrollo industrial local y los beneficios de una clase empresarial genuinamente vasca y no poco separatista. Incluso muchos hijos de esos emigrantes, en las últimas décadas, se entregaron en cuerpo y alma a la causa de la «liberación nacional y social de Euskadi» desde la trinchera terrorista y del nacionalismo más radical; lo que desmiente la existencia de una supuesta «ocupación» y sí confirma una problemática colectiva causada por la persistente acción de la ideología nacionalista y el correspondiente voluntarismo político.

Por lo que respecta a Navarra, ya fue en la segunda mitad del siglo siguiente cuando se invirtieron sus seculares tendencias poblacionales.

Este es el problema real: el impacto humano de una ideología totalitaria que, como tal, no asume la realidad sino que la reinterpreta. Y por tanto, la falsifica; Empezando por su propia y genuina historia.

Por ello hay que decirlo alto y claro: ni Navarra es el Úlster, ni Irlanda es Euskadi. Ni España es Gran Bretaña.

Sila Félix