martes, 12 de septiembre de 2017

Nacionalismo, terrorismo y derecho de autodeterminación


En la particular y dramática historia mundial del terrorismo, el capítulo nacionalista de carácter secesionista, ocupa un espacio privilegiado.

Diversos grupos nacionalistas, especialmente en Europa central y oriental, recurrieron al terrorismo a lo largo del último tercio del siglo XIX; al ser concebido como un instrumento apropiado a sus pretensiones secesionistas desde una perspectiva utilitarista de coste/beneficio.

Fue en los Balcanes donde, en lucha contra austro-húngaros y turcos, surgieron potentes organizaciones nacionalistas que pervivirían durante décadas; alguna de ellas netamente terrorista. Recordemos, particularmente, a la Organización Revolucionaria Macedonia del Interior (IRMO) y a la Mano Negra serbia.

El nacionalismo, como fuerza política emergente, llegará a jugar un rol decisivo en los inicios del siglo XX, eclosionando en la Primera Guerra Mundial y los nuevos Estados nacidos de la muerte de los tres imperios que aquélla fulminó: el ruso, el austro-húngaro y el otomano.

Por otra parte, el fin de la Segunda Guerra Mundial marcará el empujón decisivo a las luchas anticoloniales y de liberación en el Tercer Mundo, y la subsiguiente creación de jóvenes naciones por todo el mundo; desembarazándose de las decadentes potencias europeas y del Japón derrotado.

Décadas después, la descomposición de Yugoslavia y la caída de la Unión Soviética desatarán otra “primavera de los pueblos”; permaneciendo enquistados hoy algunos conflictos de entonces (Kosovo, Crimea, Transnistria...).

Pero los movimientos nacionalistas irredentos no sólo aparecen en los territorios de antiguos imperios en descomposición o en el Tercer Mundo. También brotarán en el seno de jóvenes naciones occidentales, caso de los separatistas francófonos de Québec (en Canadá), y también en la civilizada, vieja y aparentemente muy delimitada Europa occidental: entre otros, separatistas vascos y catalanes en España y Francia, corsos y bretones en Francia, norirlandeses en el Úlster de Gran Bretaña, flamencos en Bélgica...

Nacionalismo viene de nación; pero no se trata de conceptos unívocos, experimentando ambos diversas vicisitudes y múltiples reelaboraciones.

Por lo que respecta al término nación (derivado de nacer), su origen se encontraría, según diversos autores, en la medieval Universidad de París, en la que los estudiantes se agrupaban por naciones de procedencia, sentándose en diversos bancos o concilios.

Con la Revolución Francesa se extiende por toda Europa el concepto liberal de nación, o “nación política”, entendida como un sujeto político distinto del rey o de cualquier otro poder, y superior a los individuos que lo forman. Así, una nación podría agrupar a diversos pueblos; siendo ésta la única titular de la soberanía política y la competente para crear un Estado si así deseaba.

Ya en el siglo XIX se desarrolla otra perspectiva del concepto, entendida como “nación cultural”, esgrimida por movimientos nacionalistas que careciendo de un Estado propio, pues formaban parte de otro más amplio, reclamaban la facultad de crear uno. Así, desde esta perspectiva, toda nación debería dotarse de un Estado. Pero, ¿sobre qué factores podía concebirse la nación? Esta perspectiva del nacionalismo cultural basará su consistencia en factores tales como el idioma, la etnia, la cultura, las costumbres, la religión... De todo ello arrancará el “principio de las nacionalidades” y el “derecho de autodeterminación de los pueblos”, entendido al modo de los partidos nacionalistas de todo el mundo; es decir, como la facultad de la que sería titular cada nación para el acceso a su propio Estado, aunque sea disgregándose de otro plurinacional. No obstante, esta última perspectiva ha sido rechazada por Naciones Unidas.

El estado actual de la cuestión bien puede resumirse en el siguiente párrafo procedente de la decisión de 20 de agosto de 1998 del Tribunal Supremo de Canadá relativo a la pretensión de secesión de Québec, en la que se afirma que: «El derecho a la autodeterminación en derecho internacional da […] apertura al derecho de autodeterminación externa en los casos de antiguas colonias; en el caso de pueblos oprimidos, como los pueblos sometidos a una ocupación militar extranjera; o aun en el caso en el que un grupo definido vea negado un acceso real al gobierno para asegurar su desarrollo político, económico, social o cultural. En estas tres situaciones, el pueblo en cuestión goza del derecho a la autodeterminación externa porque se le niega la facultad de ejercer, en lo interno, su derecho a la autodeterminación».

En este consenso legislativo y doctrinal internacional, el llamado “derecho a decidir”, tan ampliamente esgrimido por los separatistas catalanes, simplemente no existe (http://elpais.com/elpais/2014/10/10/opinion/1412946101_991126.html).

No es sencillo, en suma, aprehender el concepto de nacionalismo en el marco de una teoría global dada su versatilidad y enorme casuística. No obstante, podría caracterizarse como la opción política que hace de la defensa de una identidad nacional el eje de toda su acción pública y privada. El nacionalismo es, en principio, una doctrina legítima, manteniendo una compleja relación con una de las virtudes cívicas más relevantes: la del patriotismo.

Actualmente en Europa, salvo Portugal e Irlanda, cada Estado–nación ha generado una cultural nacional que es la suma de las aportaciones de las diversas culturas que la integran. De esta manera, numerosas minorías nacionales conviven en el seno de los diversos Estados nacionales, habiéndose constituido numerosos partidos y movimientos nacionalistas que reclaman, según su mayor o menor radicalismo, desde el mero reconocimiento administrativo de su identidad –especialmente en el plano lingüístico– hasta al ejercicio del derecho de secesión.

El nacionalismo, al igual que otras ideologías políticas, puede degenerar en una versión radical de tintes totalitarios. Será, en estos casos, cuando llegue a derivar en movimientos terroristas que se parapetan en viejas –o novísimas– reivindicaciones nacionalistas.

¿Cómo discernir si un movimiento nacionalista deriva hacia posturas totalitarias? Existen algunos síntomas contundentes: el empleo de la violencia política en sus diversas expresiones (incluida la terrorista); la promoción de que etnia u otro factor cultural-ideológico (como el idioma) predeterminen la ciudadanía del futuro estado; la pretensión de exclusión de todos los que no participen de su proyecto. Desde tales “mimbres” se asume una táctica característica de toda ideología totalitaria: la concepción del oponente político como “el otro”, quien carece de cualquier derecho pues encarna el “mal absoluto” que la “lucha armada” se encargaría de erradicar.

Debemos resaltar otra circunstancia histórica. El nacionalismo excluyente y violento también puede casar, cuestión aparentemente difícil de conciliar, con otras ideologías sustancialmente totalitarias, por ejemplo el marxismo-leninismo; siendo, el de ETA, el caso más llamativo. Pero también puede hacerlo con un fundamentalismo pseudorreligioso; caso del wahabismo islamista entre los independentistas chechenos.

La Conferencia Episcopal Española se posicionó en relación a estos temas de una manera inequívoca, desde una perspectiva moral, mediante su Instrucción Valoración moral del terrorismo en España, de sus causas y de sus consecuencias, de 22 de noviembre de 2002 (http://www.conferenciaepiscopal.es/documentos/Conferencia/valoracion_terrorismo.htm).

El anterior documento está estructurado en 44 puntos, calificando al terrorismo como forma específica de violencia armada. En él se valora, como particularmente necesario, un juicio del terrorismo, al que define como terror criminal ideológico; calificándolo de “intrínsecamente perverso y nunca justificable” y como “estructura de pecado”. Se denuncian sus dos efectos más importantes: la extensión sistemática del odio y del miedo. Considera inmoral “toda forma de colaboración” con el mismo. Y se remite al “nacionalismo totalitario” como matriz del terrorismo de ETA. En el punto 29 equipara al nacionalismo que pretende la independencia, por encima de todo, con el individualismo insolidario” de las personas. Por otra parte, afirmando que «La Doctrina Social de la Iglesia reconoce un derecho real y originario de autodeterminación política en el caso de una colonización o de una invasión injusta, pero no en el de una secesión», se asume como propia la postura del Derecho Internacional y Naciones Unidas al respecto. Por último, se proponía la misma Iglesia –dentro de un abanico de medidas orientadas a la conquista de la paz– como instrumento de acompañamiento a las víctimas y de conversión para los terroristas.

Hoy día, cuando se intenta imponer incluso desde instituciones estatales un “relato del terrorismo” de sesgo equidistante, que persiguen la distorsión y el olvido, conviene recordar aquel documento excepcional de la Conferencia Episcopal católica española: aportación formidable al sentido común, invocación al esclarecimiento de conciencias y comportamientos individuales y colectivos, llamada al diálogo a la adormecida y olvidadiza sociedad española.

Sila Félix

1 comentario:

  1. Es muy significativo que Bildu esté apoyando con tanta visibilidad el movimiento secesionista en Cataluña. Ya hemos visto que lo tiene todo para ser totalitario. Para tomar buena nota en Navarra.

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