jueves, 3 de noviembre de 2016

Gabriel Rufián, o cuando se hace honor a su apellido

Como buen ególatra y megalómano, al señor Rufián le encantan las poses tipo celebrity

Si acudimos al diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, la palabra rufián en nuestro idioma tiene el siguiente significado; "1. m. y f. Persona sin honor, perversa, despreciable". Pues bien, Gabriel Rufián, hijo y nieto de andaluces pero nacido en Cataluña en 1982 tiene un corto curriculum antes de entrar en política; diplomado en Relaciones Laborales y cabeza visible de la plataforma "sumate", cuyo objetivo real es intentar "convencer" a los castellanoparlantes que se sumen al proyecto secesionista. De ahí, Rufián pasó directamente a tertuliano y a las listas de ERC al Congreso, siendo en la actualidad diputado en Cortes.

Este individuo, lejos de representar la típica cara amable del separatismo radical, nos recuerda a los dirigentes y cargos de herri batasuna que en los años ochenta y noventa del pasado siglo llegaban a amenazar públicamente con atentados terroristas (algunos de los cuales luego por desgracia se materializaban). Destila odio y sectarismo, esas son las dos palabras que mejor definen a personajes como éstos. Y en concreto, Rufián muestra un odio que al lado suya Arnaldo Otegui y Ana Gabriel (la lideresa de las CUP) parecen moderados y hasta demócratas de toda la vida.

Que Gabriel Rufián coapte (eso sí, legalmente por desgracia) un acta de diputado en sí es una desgracia, que centenares de miles de personas estén dispuestas una y otra vez a revalidar su escaño en Cortes Generales, o asambleas legislativas autonómicas, ayuntamientos... es más que preocupante, es todo un síntoma y un termómetro del estado actual de la decadente sociedad en la que nos ha tocado vivir. Hoy como nunca desde que se inauguró la actual democracia española, extrema izquierda y separatismo (de derechas e izquierdas) son un riesgo para el estado de derecho y para el sistema democrático mismo, se quiera ver o no.

Y por poco que nos guste y apetezca, o la parte sana o medio sana de la sociedad arrima el hombro, o estos sectores radicales podrían poner en jaque el actual sistema democrático (imperfecto y manifiestamente mejorable, pero hoy por hoy lo menos malo), pudiendo acabar como Venezuela, Yugoslavia o algo peor. El riesgo es real, y no tanto por siniestros personajes como Rufián, sino por los centenares de miles que les apoyan. Quedándonos con lo anecdótico por darle un toque de humor a la situación, por primera vez un personaje de estos tiene un apellido que le hace justicia, porque al fin de cuentas Gabriel Rufián no es más que una persona sin honor, perversa y despreciable, o como se dicen en castellano, un rufián.

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