viernes, 9 de diciembre de 2016

El crímen de los Sagardía: la Navarra más negra


Yo sé que por lo que me dispongo a decir, va a haber gente que me va a tachar de friki, pero no tengo más remedio que declararme fan de Iker Jimenez. Me gustan sus programas de radio y televisión; e intento verlos todos. Esto no quiere decir que crea en los poltergeist o en los reptilianos -todo lo contrario-, es que no hay uno sólo de sus programas en el que no aprenda algo nuevo y esto es un lujo en la era de la televisión basura.

El pasado domingo y como es de costumbre, estaba viendo de reojo uno de sus programas cuando vi aparecer una de esas imágenes inconfundibles de esos bosques verdes del norte de Navarra. Esa noche Iker nos traía una historia que tuvo lugar durante el inicio de la Guerra Civil Española en los montes en torno a la localidad de Gaztelu, lugar situado en el valle del Alto Bidasoa o Malerreka, enmarcado en lo que el genial Pío Baroja llamó "el país del Bidasoa". Un lugar idílico que esconde la historia de uno de los crímenes más truculentos que tuvieron lugar contra personas inocentes durante aquellos años traumáticos. 

Durante la noche del último domingo de agosto de 1936 una madre y sus seis hijos desaparecieron en algún lugar de estos montes, su última residencia conocida: una chabola en pleno campo que apareció quemada al día siguiente. Los rumores en la zona hablaban de un asesinato múltiple, un hecho horrendo sin duda porque hablamos de una mujer embarazada y alguna de sus hijas apenas había sobrepasado el año de vida. Interesado por este trágico suceso, me dispuse a buscar información referente al mismo: "el crimen de Gaztelu" arroja como resultados una sarta de páginas web abertzales o de la extrema izquierda llamada memorialista. ¿Fueron a caso asesinados por tratarse una familia de izquierdas?

Juana Josefa Goñi era una mujer muy bella, según contaban quienes la conocieron, que tuvo la suerte de heredar de sus padres una modesta suma que no tardó mucho en gastar en sus asuntos familiares. Su marido Pedro Antonio Sagardía era carbonero de profesión y no hace falta indagar mucho en la biografía de la familia para ver que no se trataba de una familia muy bien avenida económicamente, problemas que se acentuarían con el advenimiento de la guerra en España. Por aquel entonces y cuando los hijos de la pareja empezaron a pasar hambre, quién sabe si en alguna de sus correrías por el pueblo afanaron comestibles de las huertas de sus vecinos: una berza, unas patatas, una gallinas... todos haríamos lo mismo en esa situación. El caso es que los vecinos del pueblo decidieron en batzarre (una junta) la expulsión de la familia del pueblo.

Así, a mediados de agosto de 1936, Juana Josefa que estaba encinta, se vio obligada a abandonar el pueblo junto con seis de sus hijos: Joaquín de 16 años; Antonio de 12; Pedro Julián de 9 Martina de 6; José de 3 y Asunción de tan sólo año y medio de vida. Su hijo mayor José Martin se encontraba con el padre trabajando en los montes haciendo carbón. La familia se asentaría en una choza en los montes que buenamente prepararán en las ruinas de una antigua cabaña. Al enterarse Pedro Antonio de que su mujer había sido expulsada del pueblo, bajó de nuevo a Gaztelu para buscarla, allí fue detenido por los vecinos y entregado a la Guardia Civil en el puesto cercano de Santesteban, donde le retuvieron por ocho días sin cargo alguno tras los cuales fue puesto en libertad bajo la premisa de no volver al pueblo.

El padre recibió una carta de Juana Josefa pidiéndole algo de dinero y este se lo hizo enviar a un vecino para que se lo entregase, sin embargo el vecino le devolvió el dinero de vuelta porque no era capaz de encontrar a su mujer, que para aquel entonces había desaparecido junto con seis de sus hijos. Pedro Antonio continuó buscando a su familia por los pueblos cercanos y en 1937 interpuso una denuncia por la desaparición de su familia en el Juzgado de Pamplona, desaparición que según él afirmaba no podía tener tintes políticos ya que él y su familia votaban a la derecha. En la misma denuncia la mejor amiga Juana Josefa, también de Gaztelu, le atestiguó que la última vez que la vio fue el último domingo de agosto del pasado año y que aquella noche se oyeron cuatro disparos en el monte y la choza en la que se habían refugiado apareció quemada hasta los cimientos. 

Sin embargo la familia no pudo ser encontrada, en los pueblos empezaban a correr las habladurías pero oficialmente nadie sabía nada. Tras esto Pedro Antonio y su hijo José Martín se alistan en los Requetés para hacer la guerra. El caso no volvería a ser retomado hasta pasada la Guerra Civil, cuando por mediación del tío del marido, el general de artillería Antonio Sagardía que destacó por su papel en el alzamiento contra la República, el caso vuelve a ser retomado. El general, por aquel entonces Inspector general de la nueva Policía Armada, amenazó con arrasar el pueblo de no entregarse los responsables de la desaparición. Fueron interrogados de nuevo los vecinos del pueblo y un albañil bajó a una sima aledaña a la choza quemada ya que se rumoreaba que los restos de la familia podían encontrarse ahí, la inspección somera de este lugar no arrojó ningún resto humano y la justicia no volvió a saber nada de la familia Sagardía ni de sus posibles asesinos.

La sima de Legarrea, cerca de la choza de Juana Josefa, en los campos de Gaztelu

A partir de entonces, el tema de los Sagardía se convirtió en un tabú en el pueblo de Gaztelu. Ahora sabemos, porque es un secreto a voces, que aquella noche del 30 de agosto de 1936 subieron a la choza de Juana Josefa entre seis y ocho vecinos del pueblo que acorralaron a la familia mediante teas de fuego y que los arrojaron a la cercana sima de Legarrea, de 50 metros de profundidad. Quizás en el proceso dispararon a los niños pequeños, que previsiblemente eran los que más lloraban, si es que no quemaron a viva a la familia dentro de la choza. También se rumoreaba que en los días siguientes estas personas habían acudido a la sima para ver si se oía a alguien gritando dentro, y que la habían llenado de troncos y piedras. 

Los motivos son desconocidos, pero se podría tratar de rencillas enquistadas, envidias atávicas, nuevos robos en las huertas o quién sabe qué. Lo que es seguro es que este asesinato no tuvo ningún tipo de "justificación" política y este caso quedaría enterrado en la Historia hasta finales del siglo XX, cuando será retomado por asociaciones memorialistas abertzales y de extrema izquierda que aprovechando que un crimen tan horrible fue cometido durante el caos de la Guerra Civil, no dudaron en encalomárselo a los pérfidos españoles.

Hoy en día los abertzales y sus amigos acuden a la sima de Legarrea para hacerles homenajes a los Sagardía ataviados con ikurriñas, banderas republicanas y banderas "nabarras" de mentirijillas. Algo curioso puesto que de estar viva, esta familia sería calificada por estos lumbreras como de "extremaderecha" y "ultracatólicos". No sólo el padre y uno de los hijos hicieron la guerra con el Requeté y contra los enemigos de España del ayer, sino que no contento con eso el hijo mayor también marchó voluntario con la demonizada División Azul a luchar contra el comunismo de la Unión Soviética.

(izquierda) Homenaje a la familia Sagardia-Goñi entre parafernalia abertzale (derecha) Identificación como requeté de José Martín Sagardia, hijo de Juana Josefa Goñi

Lo que sí que es cierto es que este mismo año, un equipo de la asociación abertzale Aranzadi, capitaneado por el forense batasuno Paco Etxeberría, encontró los restos de la familia Sagardía en la sima de Legarrea, no sin antes encontrar en la misma -hace dos años- el cadáver del joven natural de Legasa  José Ignacio Iñaki Indart que había desaparecido en el año 2008 y de retirar dos metros de tierra y troncos además de la basura que había sido depositada. Tras 80 años de silencio, por fin sabemos con certeza cuál fue el destino de Juana Josefa y sus hijos. Por desgracia sus asesinos a estas alturas habrán muerto en la impunidad, sin haber sido castigados en esta vida. Una vez desaparecida esta familia, los robos en las huertas del pueblo no se detuvieron.

Cuando alguien hace algo que está bien hay que reconocerlo, aunque Paco sea uno de esos que se afana en rebuscar en las cunetas y en las simas los muertos de una guerra hace 80 años mientras nos pide que nos olvidemos de los muertos de ETA de antes de ayer. Como diría Pablo Iglesias: "Algunos quieren utilizar el dolor de las víctimas para ganar votos", ahora hacer nuestra parte consiste en no dejar que los amigos de la ETA instrumentalicen como buitres el deleznable crimen de los Sagardía para hacer de él su propaganda.

Hispano

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